Realmente no quería escribir, estaba solo en un bar, odiaba Buenos Aires, odiaba los suburbios. Él solo quería vivir en alguna provincia, no importaba cual, pero que fuera lejos del ruido molesto y ensordecedor.
Se sentía como un vagabundo, portando su alma de bar en bar, callejón en callejón, pensión en pensión.
No tenía demasiado que ofrecer tampoco, unas frases sueltas, su amor desequilibrado que desbordaba de alegría cuando conocía alguna princesa nueva. Era un idiota, que se estupidizaba con cualquier bella figura, con cualquier mujer de barrio, con cualquiera que seguramente le rompería nuevamente el corazón.
Pero esa tarde en el bar “Los Tarantos”, todo fue diferente...
Como siempre se había pedido una lagrima y unas galletitas secas para acompañar a su aburrida soledad. Mientras leía el diario de la semana pasada (no tenía demasiada noción del tiempo realmente), su mirada se posó en una extraña mujer que estaba sentada cerca del mostrador. No sabía porque pero ella de vez en cuando le echaba una mirada, y eso obviamente lo entusiasmaba y lo ponía nervioso a la vez. No aguantó mas y tuvo que ir al baño para pensar que hacer (además tenía que orinar, estaba demasiado nervioso) y reflexionar si debía peinarse o no. Al salir del baño ella no estaba más, había desaparecido del bar y él casi se puso a llorar. Desde ese día, todos los miércoles iba al mismo bar a las ocho y media de la noche, para poder tal vez volverla a ver.
Pasaron las semanas, los meses, y un año, y él seguía cumpliendo el ritual del bar. Igualmente él había continuado con su vida, seguía errante de aquí para allá y escribiendo acerca de aquella mujer que lo enamoró con sus miradas tal vez indiferentes, tal vez benévolas, tal vez suyas.
Y por fin un miércoles del año siguiente apareció, estaba acompañada por un señor mayor (parecía el padre), pero sabía muy bien que no lo era por la forma en que caminaban juntos.
Deseaba por todos los santos que ese hombre desapareciera un solo momento para poder decirle todo lo que sentía, para poder exponerse enfrente de ella, para poder decirle que la amaba ya sin conocerla y que quería ser el hombre más feliz del mundo estando junto a ella. Pero ese viejo canoso no desaparecía, por más fuerza que hiciera en su mente y por más imaginación que tuviera, ese tipo no iba a desaparecer. Y lo peor era que ella estaba radiante como la última (y primera) vez que la vio. Tenía un vestido común, pero ella desentonaba en él, era demasiado hermosa para tener puesto ese vestido sin clase, pero igualmente estaba divina.
Después de haberse tomado cinco lagrimas, se puso a divagar con su bolígrafo de colección (aquel que en algún momento muy lejano le regaló su querida madre) por su cuadernillo que llevaba a todas partes. Escribía sin pensar, le brotaban palabras y frases, dibujos y mamarrachos. En un momento (gracias a su ángel de la guarda, que seguramente se estaba empezando a sentir mal por él) el viejo se fue al baño.
Él sabía que no tenía tiempo que perder, en su trayecto casi tropieza con un mozo pero pudo esquivarlo, y se acercó a ella. Se paró frente a la mesa, ella lo miró y él le dijo “vamos”. No sabía bien porque le había salido tan así, pero ella respondió inmediatamente, parecía haber entendido el enlace divino que los unía. Salieron del bar en un santiamén y en la esquina se dieron su primer beso. Dejaron los fantasmas de ese bar lejos, fuera de todo recuerdo oscuro y tenebroso. Se fueron a esa pensión que siempre fue la misma, en Córdoba o San Juan, en el bar “Los Tarantos” o en cualquier otro, porque realmente no la encontró en el mismo bar. Él siguió su sueño, recorrió las provincias argentinas y en todos los bares la buscaba, en todos los bares la quería encontrar. Y precisamente la encontró en un bar de Rosario, no se llamaba el bar “Los Tarantos”, se llamaba “El encuentro”.
Fin.
(escrito un 12 de febrero del año 2006)